a uno le vienen ganas de cruzar la frontera.
Coger los cuatro cacharros,
embutirse en el abrigo
y mandarlo todo
a la mierda.
Decir un triste adiós
a las caras conocidas,
a las calles que me vieron crecer,
a la poesía en directo y en nuestra lengua,
a la sangría y la tortilla,
y también… al jamón, al chorizo…
Al fin y al cabo, de esto último,
aquí andamos sobrados.
A mí al menos me vienen ganas
de organizar una expedición
de un solo integrante
y alejarme de las tijeras y los recortes
adentrándome en las tierras de los devoradores de ranas
o más allá, rumbo norte…
Guiándome con la estrella polar,
a donde haya más rubias por kilómetro cuadrado,
y no me refiero a la cerveza.
Llamadme cobarde si queréis
por quejarme de mi tierra
por estar harto de que en este país
haya poco sitio para los desenchufados
y la injusticia y sus tribunales sean tan descarados.
Es solo una idea, un planteamiento,
pero a lo mejor el futuro sea cruento
y yo no escuche el: abandonen el barco.
No llevo flotador
y ahí en el mar hay tiburones,
por eso puedo hacer broma
pero las cosas hay que tomarlas en serio.
Me cae bien la gravedad
siempre que no sea con la cara en el suelo.
Me gusta ver donde pongo los pies
y andar, siempre que pueda,
sobre seguro.
Ya ves, lo mío no es ser arriesgado
pero a todo se le puede encontrar la salida
nos guste más o menos su aspecto.
Como andan diciendo,
o al menos he visto en las redes sociales,
aquí de salidas tenemos tres, como el ejército:
Tierra, mar y aire.
Así que, aun no me he ido
y quién sabe si al final algún día lo haré,
pero la idea, el planteamiento,
sigue ahí, y bueno,
llamadme cobarde,
si queréis.


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