Cuando una página del libro
queda manchada de sangre
se pueden seguir pasando las hojas
pero si alguna vez,
por un golpe de viento
o un desliz
se regresa a ella,
veremos que la mancha sigue ahí.
La herida que la produjo
a lo mejor habrá sanado.
Con todo, ése libro,
en ésa hoja
ya ha cambiado
y no hay vuelta atrás.
La sangre, reseca,
permanece.
Ya forma parte del papel.
No es necesario que broten
mares ni ríos magentas.
Sólo con una gota,
roja sobre blanco,
y para algunos el libro
ya se habrá hechado a perder.
Al carajo con ellos.
Este enorme biblioteca
está llena de libros manchados,
sucios, rotos y despedazados.
Si andas entre los estantes
veras hojas sueltas en el suelo,
libros tirados, en los rincones,
bajo la pata de la mesa.
Lomos desgastados.
Páginas sesgadas.
Heridas, cicatrices,
y algunos sin mácula,
en cajas, llenándose de polvo.
Hay toda clase de libros
y en toda clase de estados.
En esta biblioteca no hay dos copias iguales
ni en sus letras ni en su aspecto.
Así que si en una noche
fría de invierno te estremeces
pues vas y te pones el abrigo
pero no me quemes aquellos que no te gusten
aunque te parezca que nada se vaya a perder.
Ah, y el libro de la sangre reseca,
cuando acabes de leerlo,
lo dejas otra vez en el estante de tu derecha.
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2 comentarios:
A mí me gusta encontrar esas manchas, me recuerda que ya en otra ocasión hice ese libro mí, es como un cartelito anunciando: "Rebeca, estuve aquí" (ahora y siempre)
Sí, mientras ya esten bien secas, son curiosas esas manchas.
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