Permanezco de pié en el comedor.
Mirando por la ventana...
queriendo verte venir
o escuchar tu voz al telefonear.
Fuera hace buen día.
El sol resplandece en el cielo azul
y el viento no se atreve a tocar aquellas nubecillas blancas.
Yo sigo aquí y no me quejo.
Es donde debo estar.
Hará apenas una hora
me he lavado los dientes,
me he repeinado un poco
y me he puesto la camisa blanca, pura,
preparado para saludarte con una sonrisa
al momento cuando te vea entrar.
En este momento me aguanto las ganas de fumar
por ley y por respeto a ti.
No quiero que te incomode mi aliento a tabaco,
ni a ajo, ni a nada que te pueda molestar.
Esto no es lo mismo sin ti.
Falta vida entre estas cuatro paredes
si nunca acudes.
No digo que vengas a diario,
ni siquiera cada semana.
Sólo que, de vez en cuando,
vengas aunque sólo sea a saludar.
Así que, estimado cliente,
escucha lo que te dice este camarero
y vente algún día al restaurante
a comer o a cenar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada