sábado 19 de noviembre de 2011

La princesa del cielo

Tengo la musa en carne viva.
Estando así se hace dificultoso
tratar de versificar con ella.

Es lo que tiene tumbarse mirando al cielo
en una noche de tiempo infinito.
Viendo una luz brillar en lo alto.
Admirando una estrella sin igual en el cielo oscuro.

Boquiabierto ante ella,
alguna que otra luz, no tan perfecta,
atraviesa la bóveda a menor altura
pero no son estrellas, solo son aviones.

Son también luceros, pero
¿cómo vas a compararlos
con semejante astro?

Los observas mas al poco desaparecen
y ya los has olvidado.
Ése puntito centelleante se queda.
Ni le olvidas ni desaparece.

Permaneces, absorto a ratos,
pensativo a otros,
admirándolo o cerrando los ojos
para descubrirlo de nuevo al abrirlos.

Entonces te das cuenta
que llevas demasiado observando la estrella.
Te levantas, decidido, y extiendes el brazo
para descubrir que es inalcanzable.

Bajas la humedecida vista al suelo
preguntándote si siempre ha estado tan lejos
o esto te pasa por esperar demasiado
a ponerte en pie y tender la mano.

No lo sabes y la duda poco te importa.
Lo que importa es el resultado:
se te hace de día
y dudas que vuelva el ocaso.

2 comentarios:

Rebeca dijo...

Pues parece ser que la musa a hecho sus efectos.
Lo bueno es que a menos que se acabe el mundo el ocaso siempre vuelve y el cielo estará plagado de estrellas, nunca es demasiado el tiempo para admirarlas.

Senofrari dijo...

Gracias Rebeca. Solo el tiempo lo dirá.